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La importancia de la educación

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Por Enrique Orschanski, médico


El tránsito vehicular se ha complicado. Es hora de entrada al colegio y el desorden perturba a muchos. El apuro es contagioso, los conductores se impacientan y hay que estar atento a que cada chico llegue bien. Una frenada intempestiva causó un leve toque de paragolpes entre dos autos, sin consecuencias para los pasajeros ni las carrocerías. Un padre apurado quiso evitar un pozo y otro padre apurado lo chocó de atrás. El primero se disculpa con la mano en alto. El otro en cambio, se enoja. Con el rostro encendido comienza a gritar. Testigos ocasionales no pueden evitar escuchar gruesos insultos. Es un hombre joven, de buen aspecto que ha enloquecido y no para de maldecir. No alcanzan los pedidos de calma del otro conductor, que quiere demostrar que -en realidad- nada pasó. Pero el hombre está descontrolado. Con medio cuerpo fuera del auto sigue descargando atrocidades. En el asiento de atrás está su hijo, el de 5 años. En silencio y asustado sólo espera entrar al Jardín. Para educarse.

Entre las actividades de una ‘jornada de la familia’ el colegio organizó un partido de fútbol entre padres de alumnos; para que se conozcan mejor. Todo comenzó con gestos amables pero algunas jugadas fuertes han generado tensión. En este momento discuten un padre (jugador) y un improvisado árbitro, preceptor del colegio que gentilmente se ofreció para colaborar. Los ánimos se empañan. Faltando 10 minutos para terminar el partido el preceptor (árbitro) cobra penal en contra del equipo del padre (discutidor). Éste, fuera de sí, lo encara: “¡Pero qué cobrás, pelotudo!” El joven responde con los puños cerrados. Se necesitan varios para separarlos, pero algunas trompadas llegan a destino. En la tribuna un grupo de adolescentes observaron cada escena; entre ellos, la hija del jugador. Ella ahora quiere ser invisible. Es su papá; es su colegio. Adónde va todos los días. Para educarse.

Son las siete y ya anocheció; es tarde para merendar pero temprano para cenar. En la casa, el padre, la madre y el hijo mayor, éste último enfrascado en Geografía (tiene prueba a primera hora). La madre plancha mientras piensa cómo organizar el día de mañana. El padre detiene el zapping en un canal de noticias. Suena el teléfono fijo. Como desde que tienen celulares, nadie responde. Al cuarto ring la madre reclama al hijo, ‘porque está más cerca’. Fastidiado, el muchacho muge un breve ‘hola’. Es Funes, un amigo del padre, que quiere preguntar algo. “Un minuto”, pide el chico. Tapando la bocina del auricular murmura a su padre “Papá, es Funes”. El padre gira levemente la cabeza y sin sacar los ojos de la pantalla susurra “Decile que no estoy”. El hijo duda; mira a ambos padres que no agregan nada. Transmite como puede la mentira a Funes. Luego cuelga y vuelve a estudiar. Para educarse.

En el banco hoy faltaron varios empleados; dicen que por la gripe. En la fila del cajero se acumula una larga fila. Todos resoplan por la demora inusual. Entra una mujer joven, llevando de la mano de su hija de 7 años. Tiene esa mañana libre para pagar impuestos. De un vistazo calcula la espera y decide el plan. Camina naturalmente al lado de los clientes (que la miran con preventiva furia) y en la ventanilla ensaya una encantadora sonrisa. “Estoy embarazada”, dice. La hija abre exageradamente los ojos y se le cae la mandíbula. La madre tuvo la oportunidad de guiñarle el ojo, entonces sabe que eso significa silencio. En pocos minutos están fuera del banco. Ahora tienen más tiempo para consultar horarios en una escuela de danza. Porque quieren que la niña tenga otras actividades. Para educarse.

Porque lo más importante para los chicos es la educación.