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EL SINAÍ, UN HUMILDE MONTECITO

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Comentario de Parashat Bemidbar, por el rabino Marcelo Polakoff, de la Kehilá de Córdoba, Argentina

El Everest, sin dudas. ¿Qué otra montaña habría elegido cualquiera de nosotros -si jugáramos a ser Dios- para transmitir los Diez Mandamientos? Obviamente la más alta. Nada que no sea lo más elevado sería atinado para quien detenta el poder supremo. Error, craso error…

Cuando este martes por la noche el pueblo judío comience la celebración de la festividad de Shavuot (también conocida como “Pentecostés”) recordando el suceso del Sinaí, acaecido hace más de 3.300 años, volveremos a poner uno de nuestros focos en el sentido de la humildad. De acuerdo a la tradición, fue ése el lugar elegido por el Todopoderoso para entregar su Torá, los primeros textos bíblicos. ¿Y qué se resalta de dicho monte? Precisamente su escasa altura. De hecho, pasaba tan desapercibido que su identificación exacta sigue siendo prácticamente imposible, a punto tal que aún hoy su genuina ubicación depende más que nada del guía de turno.

El mensaje es evidente: la altivez se lleva a las piñas con la sabiduría. Y la soberbia derrocha involuntariamente una cuasi certeza de inferioridad que -¡vaya si lo sabrán los psicólogos!- no puede ocultar su real bajeza y requiere treparse a ella para asomarse como si fuera virtuosa.

Ya lo decía Rabi Hanina bar Idi en hace milenios el Talmud: “¿Por qué las palabras de la Torá se comparan con el agua? Porque así como el agua deja los lugares altos y se dirige hacia los bajos, las palabras sabias dejan a aquel que es altivo y permanecen con el humilde.”

Unos meses antes de detenerse ante el Monte Sinaí, Moisés mismo -considerado el más humilde de los mortales- había aprendido a ciencia cierta a escuchar la voz divina en una zarza que ardía y no se consumía. Una zarza, no un cedro ni un ciprés. Una sencilla zarza, uno de los árboles más pequeños y desprovistos.

Hay una cierta preferencia por lo bajo que se conecta indiscutiblemente con la idea de la revelación, tal vez para revelarnos allí, en lo simbólico, una actitud encomiable que se ve que últimamente viene con mala prensa.

Ciertamente son éstas las épocas ideales para recordarnos que lo “humano” viene del “humus”, como un espejo idiomático del hebreo original de la palabra “Adam” (con “m” y no con “n”) pues una manera de entender el nombre de aquel mítico primer habitante del cosmos se enraíza con el hebreo “Adamá” que por supuesto significa “tierra”, pues también de ese material estamos hechos, o como muy bien lo dice la Biblia “de polvo eres y al polvo volverás”…

Claro que restringir la sabiduría a los textos bíblicos sería no sólo absolutamente erróneo, sino también un otro síntoma de soberbia, y he aquí que vale la pena recordar entonces cómo el Quijote lo aconseja a Sancho Panza diciéndole magistralmente. “Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala”. Un lujo de consejo, que anticipa algo no menos cierto, que es la profunda afinidad que existe entre la soberbia, la ambición y la envidia, -y por si fuera poco- la capacidad innata que este trío un tanto monárquico posee para generar enemistad, discordias y hasta conflictos violentos.

La humildad, en cambio, es socia fiel del diálogo y se lleva de maravillas con la tarea en equipo, con el pluralismo y con la democracia. Y es tan pero tan discreta que cuando va en serio, eleva a quien la posee, aún cuando no lo busque. De lo contrario -si se la actúa- pasa de humildad a humillación, tanto para quien falsamente la ejerce como para quien lamentablemente la soporta.

Esta porción de la Torá hace hincapié en los números ya que se inicia con un censo de las tribus de Israel, y siempre es leída antes de Shavuot. Quizás para subrayar que todos contamos igual, aunque algunos se crean en otra escala...

Al final, ¿es más alto el Everest o el Sinaí?

¡Shabat Shalom!
Rabino Marcelo Polakoff
Kehilá de Córdoba, Argentina