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DIEZ MANDAMIENTOS, UNA RELECTURA

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Comentario de Parashat Itró, por el rabino Marcelo Polakoff, de la Kehilá de Córdoba, Argentina

 

1-Yo soy el Eterno, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre.
Algunos dicen que es una presentación, porque no ordena ni comanda nada en especial. Y sin embargo, este primer mandamiento pareciera ser la llave de todos los demás. Una introducción que señala a la libertad como el valor supremo, aún superior al valor de la Creación, con el que Dios también se podría haber presentado. Pero he aquí que es en la salida de la esclavitud donde radica el principio de toda norma. No es libre el que no está sujeto a nada. Es justamente esclavo de esa nada. Es libre sólo aquél que en su propia autonomía decide sostenerse dentro de un conjunto de leyes que lo ayuden a vivir con el prójimo.

2-No tendrás otros dioses delante de Mí.
Admitir bajo este segundo mandamiento la existencia de otros dioses sería hasta pueril. El mensaje es más profundo, como siempre. De lo que probablemente se trate aquí es de no endiosar persona o cosa alguna. Es un no rotundo a la idolatría que solemos cometer al elevar a la categoría divina a quienes son tan humanos como nosotros. Y al paganismo en el que solemos incurrir cuando el status, el poder, el dinero o la fama nos envuelven como un cruel espejismo que se desdibuja ante la primera dificultad seria.

3-No jurarás por el nombre del Eterno, tu Dios, en vano.
Recobrar el valor de lo que es valioso es la consigna de este tercer mandamiento. Sostener el “sí”, y sostener el “no”. Y no confundir mi verdad con “La” verdad, a la que como humanos no tenemos total acceso. Promover los fundamentos, sin caer en los fundamentalismos.

4-Recuerda y observa el día del sábado para santificarlo.
La pausa es sagrada. Dedicar al menos un día a la semana para salir del fervor cotidiano, para consagrarlo a aquellos a los que postergamos el resto de los días. Darse un tiempo para sí mismo y para preguntarse por el sentido de cada una de las jornadas es la meta de este cuarto mandato.

5-Honra a tu padre y a tu madre.
Atender al origen. Saber de dónde venimos. Ocuparse de la vejez de quienes nos dieron la vida sin intentar reclamar por su perfección, perfección que por cierto también está ausente de nuestro rol como hijos. Una máxima para no minimizar.

6-No matarás.
No hace falta referirnos a lo obvio. No asesinar es también no permanecer indiferentes ante tanta sangre derramada y por derramar. Es inmiscuirse desde nuestro lugar y nuestras potencialidades –que siempre son más que las que aparecen a simple vista- en aquellas batallas que acercan más sentido a la existencia, y nos alejan de tando dolor inútil.

7-No cometerás adulterio.
Si la sexualidad es la responsable del inicio de la vida, tratarla con desmesura es otra manera de acercarnos a otro tipo de muerte, que también incluye la literal. Hacer del otro un objeto significa a la vez salirnos de nuestra propia subjetividad y cosificarnos. Volver a atar la sexualidad a lo vital pareciera ser la consigna del séptimo.

8-No robarás.
Aunque en el original hebreo este mandamiento se refiera al secuestro de personas, la hermenéutica obliga a dotarlo de un sentido más amplio. Y no hablemos solamente de lo tangible. Ni siquiera el tiempo del prójimo debiera ser sustraído. Ni sus esperanzas y anhelos. Entregarse más seguido al acto de dar que al de tomar es un ejercicio que mantiene al espíritu en forma.

9-No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
Que la palabra recupere su valor. Que se pueda volver a dar. La hemos bastardeado tanto que ha quedado casi deshecha. La mentira se ha adueñado de lo cotidiano y uno, pobre, tiende a creer que toda la verdad es solamente aquello que dice un noticiero.

10-No codiciarás la casa de tu prójimo, su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
La envidia produce muertes: propias y ajenas. Y este último mandamiento revela que últimamente la codicia viene potenciada de la mano de un mercado de consumo tan feroz que pareciera que si uno no tiene, no es. Pero atención, porque el consumo sin sumo cuidado termina dejándonos sin resto.

Con la lectura de la Torá de esta semana el pueblo judío volverá a recordar el momento de la entrega de las tablas de la ley en el Monte Sinaí. El instante en el que lo divino se acarició con lo terrenal. Más de 3300 años han pasado desde entonces, y la memoria colectiva de aquel suceso ha modelado gran parte de la conciencia moral de una enorme porción de la humanidad.
Diez Mandamientos.
Hay que contar con ellos.

¡Shabat Shalom!
Rabino Marcelo Polakoff
Kehilá de Córdoba, Argentina