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Golpe a golpe

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Comentario de Parashat Jukat, por el rabino Marcelo Polakoff, de la Kehilá de Córdoba, Argentina

Moshé, el líder por antonomasia, el que habló con Dios “panim el panim”, cara a cara, el que condujo al pueblo desde Egipto hasta la Tierra Prometida, el que soportó traiciones, celos, riñas, un becerro de oro, el ser más humilde de la Biblia, "neeman beito" el preferido de Dios según el mismo texto, ese es el mismo Moshé que no va a participar de la culminación de su tarea. Mañana leeremos que no entrará a la Tierra Prometida.
Su pecado ha de haber sido gigantesco, terrible.
Nuestros jajamim, los sabios del Talmud, rastrearon cual detectives todo el texto bíblico, y encontraron una serie de eventos o frases pronunciadas por Moshé que pudieran justificar el severo castigo.
Algunos opinaron que la causa estaba en que de entrada Moshé se negó a aceptar la misión divina, diciéndole a Dios que se consiga a otro.
Otros decían que la raíz del problema radicaba en que Moshé le reprochara a Dios que la situación de los hebreos en Egipto se había puesto peor después de que el mismo Moshé se presentara en nombre de Dios ante el faraón para pedirle la libertad de su pueblo.
Había quienes sostenían que el gran pecado fue el escepticismo reinante en Moshé al dudar que con la ayuda divina se pudiera solucionar el problema del hambre y la sed en el desierto.
Y estaban los que argüían que la falta de Moshé fue el llamar a los hijos de Israel "escuela de hombres pecadores", insultando indirectamente la memoria de Abraham, Itzjak y Iaakov.
La pesquisa se inició porque no se podía entender tamaño castigo, pero no tuvo mucho éxito. Había que volver a revisar la causal brindada por boca de Dios en el texto de la parashá de este shabat: el suceso en Kadesh.
¿Qué pasó allí? Se repitió un hecho acaecido unos treinta y pico años antes durante el principio de la travesía por el desierto. Se repitió, pero de manera distinta.
En el libro de Shmot, del Éxodo, se nos cuenta que el pueblo desfallecía de sed. Moshé consulta con Dios. Y por orden de Dios, Moshé golpea una roca y extrae agua de ella para todo el pueblo.
Años más tarde, y ya ubicados en el cuarto libro de la Torá, el Sefer Bemidbar o Libro de Números, la historia casi vuelve a repetirse en la porción de esta semana.
La gente estaba harta del desierto. Todavía no comprendían la grandeza de su periplo. Querían volver a la vida fácil de Egipto. Volvió a escasear el agua. Armaron un motín.  
Nuevamente Moshé consulta a Dios.
Y le llega la respuesta divina: "Toma tu bastón, reúne al pueblo, y háblale a la roca para que de agua".
¿Qué hace Moshé? No le habla, la golpea y sale agua. La gente bebe, y satisfecha se calla.
Si volvemos ahora a revisar la pesquisa del Talmud buscando un pecado de Moshé para que no entre a la Tierra Prometida, vamos a entender su objetivo. No podían creer que por esta pequeña desobediencia se justifique tal castigo. En su lista había cosas objetivamente mucho peores.
Sin embargo, si Dios es Dios, y Él dice que esta era la causa, debiera hallarse alguna causa más profunda en este suceso, algo que Moshé como líder y modelo para una sociedad de hombres libres no podía hacer.
El cabalista medieval Iosef Gicatilla parece haber dado con la respuesta.
El afirma que el gran pecado de Moshé no fue el golpear en lugar de hablar.
El gran pecado estuvo en conservar lo conocido, en no cambiar la rutina, en no innovar.
Es claro, si antes funcionó golpeando, para qué probar algo nuevo.
Pero Moshé se quedó con la primera chance solamente, con la respuesta aprendida y archivada.
Con la comodidad del saber asegurado.
Con la tranquilidad de que no se necesita probar otra alternativa.
Con la certeza ciega de que no hay otra.
Y me parece que el mensaje es fantástico.
Tenemos ante nosotros el clamor judío frente a la comodidad, a la falta de riesgo, a la ausencia del coraje para intentar un camino diferente.
Un canto a la “second chance”, a la segunda oportunidad.
Un grito desesperado que nos intima a volver a recorrer viejos caminos de manera diferente.
Es una caricia a la creatividad. Es un llamado a otro intento. Es la consigna de no vivir de memoria. De no repetir, y volver a fallar.
 
El problema es que en general vivimos de memoria, y seguimos golpeando a la piedra, en lugar de hablarle.
Golpeamos, porque es cómodo.
Golpeamos, porque racionalizamos.
Golpeamos porque no queremos jugarnos.
Golpeamos porque cuesta comprometerse.
 
Hablar, en vez de golpear, cuesta mucho trabajo. Y requiere enorme valor.
Y además no tiene garantía de éxito. Aunque como ya sabemos, el éxito ya está logrado en el intento.
 
Sería una lástima que no nos demos cuenta de que lo que somos es un regalo de Dios, pero que aquello que podemos llegar a ser es nuestra mejor devolución de ese regalo.
Si eso pasase, dejaríamos de golpearnos, y empezaríamos a hablar.

 

Shabat Shalom!
Rabino Marcelo Polakoff
Kehilá de Córdoba, Argentina