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Hablando pestes

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Comentario de Parashot Tazriá-Metzorá, por el rabino Marcelo Polakoff, de la Kehilá de Córdoba, Argentina

No es novedad que nuestros sabios, ya hace milenios, enlazaron el concepto de “Metzorá” -aquella persona que está impura por una especie de afección dermatológica que cubre su piel, y a veces también (en casos extremos) sus ropas y su hogar- con el de la maledicencia.

Es decir, entendieron que en la palabra “Metzorá”, ya estaba de alguna forma encerrado el sentido de “Motzí shem rá”, o sea el de aquel que a partir de sus infamias y vilipendios logra que el nombre de algún prójimo sea cubierto de maldad.

No me sorprendería para nada rastrear hasta estos prakim (capítulos) de Vaikrá (Levítico) el origen de la castiza expresión de “hablar pestes del otro”; una expresión que los siglos trastocaron, ya que derivaron (¿cuándo no?) la primitiva y casi insoportable peste que cubría al calumniador hacia una fetidez más tolerable, recaída plácidamente en las palabras pronunciadas.

Ahora bien, los “links” conceptuales a los que nos tienen maravillosamente acostumbrados los doctores talmúdicos no dejan de sorprenderme, toda vez que nos arrimamos a sus páginas con la disposición necesaria para recorrerlos.

Es así que en el Masejet Moed Katán, el tratado que esencialmente estudia las leyes y las costumbres de los días intermedios de las festividades (Jol haMoed), una serie de folios están consagrados a las disposiciones que en esos momentos recaen sobre quien está de duelo (Avel), sobre aquel que está bajo excomunión (Menudé) y sobre el que es categorizado como “Metzorá”.

Pocas veces el Talmud pone de manifiesto el “taam”, vale decir el motivo o la causa por medio de la cuál armónicamente se trenzan temáticas y situaciones que -a prima facie- nos resultarían absolutamente deconectadas.

Estamos ante uno de esos casos, ya que en Moed Katán 14b, 15a y 15b, se repasan con puntillosidad las conductas requeridas para aquellos tres grupos de personas, en cuanto a cómo atravesar períodos festivos, si se les tiene permitido estudiar Torá, si se los puede saludar o no, si deben rasgar sus vestiduras, si se les autoriza trabajar, si se les prohibe el vínculo sexual, y demás cuestiones.

¿Qué es lo que se halla por debajo de la superficie de este Triángulo de las Bermudas conceptual percibido por nuestros jajamim hace milenios?

A riesgo de equivocarme (y rogando que nadie hable pestes de este comentario) me animaría a esbozar una hipótesis desde el punto de vista del “Metzorá”, abarcando solamente una de las tantas perspectivas posibles.

Y lo plantearía en estos términos: El “Metzorá”, lo sepa o no lo sepa, tiene un poco de doliente y otro tanto de excomulgado.

Al que se le impuso un “nidui” o un “jerem” nadie puede acercársele a menos de dos metros, el doliente no puede salir de su casa, y el “Metzorá” debe ser colocado en cuarentena “mijutz lamajané”, fuera del límite del campamento.

Me resulta curioso que no se haya hecho hincapié (y si es que sí se hizo no lo he localizado) en una lectura más directa de la palabra “Metzorá”, pues antes de comprenderla como “Motzí shem rá” es dable leerla como “Matzor rá”, es decir como un “bloqueo maligno”.

¿No hay acaso en estos tres personajes prototípicos un dejo de ámbito sitiado, de un contacto casi imposible, de un bloqueo inexorable producto de algo que se entremezcla con el mal?

Esa distancia visceral se me hace más clara todavía con el “Metzorá” entendido ya como todo aquel que hace uso -y más que nada abuso- de la difamación, porque evidentemente el calumniador está en cierta forma excomulgado, y la vez se halla de duelo.

Está excomulgado porque a través de su “lashón hará” se ha separado de quienes alguna vez poblaron su círculo. Y bien sabemos de las veces en que algunas ofensas se constituyen en murallas inexpugnables que dejan a la gente (y a las familias) a años luz de distancia, aunque vivan en la misma cuadra.

Pero también está de duelo, básicamente porque ha dejado morir en él una porción de la humanidad que lo definía. Porque por su adicción al maltrato y a la palabra mala, no termina de captar cabalmante cómo el daño que estaba pensado para el prójimo termina resquebrajando su propia alma, su propio cuerpo y su propio entorno.

La Torá plantea el tema del “Metzorá” en un pasuk brillante, pues afirma “Zot torat hametzorá beiom taharató”, o sea “Esta es la ley del Metzorá en el día de su purificación”.

Es decir que en el mismo momento en que se comenzará a definir la impureza, se preanuncia el arribo de lo puro.

Pues entonces, que se acabe nuestro tiempo de duelo.

Que llegue el fin de nuestro “jerem”.

Y que concluya la cuarentena.

Nos hemos bloqueado demasiado con tanta palabra necia, con tanto mal deletreado.

Es hora de retomar un poco de curación.

Es hora de estar más sanos.

Shabat Shalom!
Rabino Marcelo Polakoff
Kehilá de Córdoba, Argentina