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¿Página en blanco?

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Artículo publicado por el rabino Marcelo Polakoff, en La Voz del Interior, el martes 29 de noviembre de 2016

No creo que me puedan convencer de lo contrario.
Y a pesar de que -paradójicamente- se hayan escrito miles de páginas acerca del síndrome de la página en blanco, me niego rotundamente a sostener la existencia de semejante embustero.
Esta nota es la mismísima evidencia de su efímero existir, reducido tal vez tan sólo a unos pocos segundos de destellos que inmediatamente se disipan frente a la abrumadora aparición de la realidad que, por más inasible que sea, nunca deja de estar.
De hecho, allí estaba antes de ser extendida la hoja, habitando el alma del presunto redactor en formato de “pre-texto”, ya que su propia historia y su propia e inexpugnable voluntad de decir serán imposibles de soslayar cuando comience a asomarse aquello que terminará siendo el texto.
Nadie puede escribir por fuera de sí. Nadie puede empezar de cero ningún texto. Somos pretextos parlantes, y a veces se nos escapan algunos trazos que lo demuestran muy claro, incluso hasta el punto de avergonzarnos.
Pero hay un otro factor que también precede lo blanquecino del papel (o de la pantalla), y excede de modo obsceno al pretexto. Se trata del contexto, un elemento que literalmente se cuela por nuestros poros, y no solamente por los de la dermis. ¿Quién es capaz de aislarse de todo cuanto lo rodea, de aquello que se extiende mucho más allá de su propia existencia?
Así entonces, el pretexto y el contexto danzan enlazados alrededor de ese albino impostor que -lo vemos-, nunca es del todo blanco.
Sirvan estas elucubraciones para dar por tierra con aquel postulado en formato de síndrome, pero sirvan también (con delicadeza, por supuesto) para ser tomadas en cuenta a la hora de derramar comentarios basados en textos sagrados.
Sea la Torá, la Biblia o el Corán, y más allá del debate sobre su autoría o inspiración, hay que hacerse cargo de esa dupla danzarina, tanto en los pliegues de su origen cuanto en las renovadas intenciones y los actuales medioambientes en los que se ensayan.
No vaya a ser que alguien se atribuya el podio de la limpidez extrema, suponiendo que circula por allí libre de pretextos y de contextos, y con la autoridad suprema como para interpretar lo que sin hesitar denominará “el verdadero texto divino”.
Dios nos proteja de ellos, los únicos que en serio pueden dejarnos en blanco.

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