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Jánuca: Con-fusiones de candelabros

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¡Jag Sameaj! Comencemos por aclarar una cosa: los macabeos no encendieron una “janukiá”. Ellos, al reinaugurar el Templo de Jerusalem, prendieron un candelabro de siete brazos: una menorá. La janukiá es, también, un candelabro (bastante “moderno” para la larga historia judía, dicho sea de paso) creado por la tradición para recordar el milagro de aquellas luminarias de la menorá macabea que, debiendo arder por un día con una determinada cantidad de aceite, ardieron siete días más (dejamos algo para otra oportunidad: el milagro duró siete días entonces… no ocho).

Para rastrear, entonces,  los orígenes de la menorá, debemos ir hasta un texto de la Torá: a parashat «Behaalotja» puntualmente. En ella aparece mencionado este elemento de culto que, en el tiempo,  se transformaría en uno de los emblemas centrales del pueblo judío.

De siete brazos, recordando los siete días de la semana, la menorá era encendida por el sacerdote con aceite de oliva puro, inspirando a quienes la veían a recordar la luz espiritual que deriva del aprendizaje de la Torá. «Torá» de la misma raíz lingüística que «Or», Luz.

Ahora sí: Esta es la menorá a la que se dirigieron urgentemente los macabeos para reiniciar el culto dando lugar a lo que, en el tiempo, se transformaría en la fiesta de Jánuca.

Permítanme compartir con ustedes una pregunta que jamás me hice hasta el momento en que leí un comentario del rabino David Wolpe. ¿El héroe secreto de Jánuca? El anónimo sacerdote del Templo que ocultó un cántaro de aceite confiando en que algún día las lámparas se encenderían de nuevo.

«Confiando en que algún día las lámparas se encenderían de nuevo». Hermosa enseñanza de lo que verdaderamente significan la fe y la esperanza.

 

Rabino Gabriel Pristzker
Kehilá de Córdoba, Argentina

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