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¿La hora de la espada? ¿O la pluma y la palabra?

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Comentario de Parashat Balak, por el rabino Pablo Gabe, de la Kehilá de Córdoba, Argentina

Los que nos dedicamos a estudiar la Torá y los textos pertenecientes a la tradición judía, solemos encontrar puentes de conexión entre los mismos y la realidad que nos rodea todos los días. “Siempre le encuentran una relación con la actualidad”, solemos escuchar. Sin embargo, pocas veces esta conexión suele ser tan escalofriantemente directa. En escasas oportunidades lo que sucede en nuestro mundo, se ve tan cristalinamente reflejado en nuestros textos. Este Shabat, tenemos la oportunidad de experimentar esa sensación.

Parashat Balak nos relata el enfrentamiento del pueblo de Moab, con el pueblo de Israel. Se nos cuenta que el Rey Balak (Rey de Moab) vio todo lo que había hecho Israel (en el enfrentamiento con Emor) y temió de sobremanera. En la Parashá anterior habíamos leído el enfrentamiento, del que temió el rey en cuestión. Por lo tanto, y para enfrentar a Israel, Balak decide contratar a un brujo llamado Bilam. El mismo recibe la orden por parte de los emisarios del Rey Balak: “Ahora, ve y maldice a este pueblo porque tiene una esencia mayor que la nuestra. Quizás podamos golpearlos y expulsarlos de la tierra (…)” (Bemidbar 22:6. La palabra Etzem, esencia, tiene la misma raíz que la palabra Hatzmaut). Es claro el pedido que hace el rey Balak, a través de sus emisarios. Interesantemente, cuando estos se retiran, Dios cuestiona a Bilam acerca de la presencia de ellos. Bilam responde, citando lo ocurrido en dicho encuentro: “Balak hijo de Tzipor, los envió a mí. He aquí que un pueblo salió de Egipto. Ahora, destrúyelos. Quizás podamos hacer la guerra y exterminarlos” (Bemidbar 22: 10-11). Si observamos con detenimiento, podemos encontrar algunas diferencias entre lo que los emisarios de Balak le dicen a Bilam y lo que éste le dice a Dios.

Rashi, el exégeta francés clásico entre los comentaristas, explica claramente estas diferencias. Mientras que Balak había pedido que Bilam maldiga a Israel, éste le dice a Dios que debe destruir a Israel. Balak pide golpear a Israel, mientras que Bilam quiere hacer una guerra. Por último, Balak solicita expulsar de la tierra, es decir, de ese territorio, a Israel. Bilam, por su parte, desea exterminar al pueblo de Israel. Con todas estas aclaraciones, Rashi concluye diciéndonos que Bilam odiaba más a Israel de lo que lo odiaba Balak. Por este motivo, el pedido de Balak que era maldecir a Israel, llega a Bilam como un pedido de exterminio de la faz de la tierra. Bilam exacerba el odio, lo hace exponencial.

No es necesario hacer más referencia de los acontecimientos de esta semana. El Pueblo de Israel vive horas muy difíciles. La aparición sin vida de los tres adolescentes que habían sido secuestrados a principios del mes de julio, no hace sino recrudecer toda la situación. Las redes sociales hablan por sí solas. El espiral de violencia puede llegar a no tener límites. El odio justificando el secuestro, es el reflejo de un odio que, afortunadamente, es producto de la ignorancia. Ustedes se preguntarán por qué digo “afortunadamente”.

Si la ignorancia genera odio, podemos combatirla con educación, con contenido. Si nos horrorizamos por las columnas de opinión de ciertos sectores de la prensa, que tienen todo el derecho de expresar sus opiniones, no podemos quedarnos únicamente en el asombro y el enojo (me reúso a dar nombres para que quede en el imaginario de todos nosotros). Si no somos capaces de reaccionar con contenido, con lectura con formación y con información, estaremos reproduciendo un sistema de perversa manipulación.

La semana pasada, en el Kabalat Shabat del Bet Midrash Ierushalaim, compartía una reflexión: “Israel es atacada con la espada, la pluma y la palabra” (parafraseando la frase del himno a Domingo Faustino Sarmiento). Construyamos la palabra, a través de la pluma. Dejemos que “la hora de la espada” (recordando ahora a Leopoldo Lugones), sea solo producto del odio que envenena, que destruye, que corroe. Como ocurrió con Bilam, que la maldición se convierta en bendición. Y que prontamente podamos arribar al día que el profeta Ishaiau describe con tanta belleza, donde “vivirán juntos el lobo y el cordero, el tigre se alimentará junto a un cabrito, el becerro y el león crecerán juntos, y se dejarán guiar por un niño pequeño” (Ishaiau 11:6).

¡Shabat Shalom!
Rabino Pablo Gabe
Kehilá de Córdoba, Argentina

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