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MOISÉS, BARBIJOS Y CUERNOS

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Compartimos el artículo publicado por nuestro rabino Marcelo Polakoff en la edición del 4 de agosto de 2020 del períodico «La Voz del Interior»

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Ya había hecho añicos las primeras tablas. El becerro de oro que el impaciente pueblo hebreo moldeara a sus espaldas fue el catalizador de aquel justificado enojo. Sin disposición real para aceptar la ley divina, los 10 mandamientos serían letra muerta.

La Torá nos cuenta que Moisés subió una vez más al Sinaí, que invocó el perdón para su atribulado rebaño, y que volvió a bajar con una segunda edición de las tablas de la ley, talladas ahora por su propia mano.

Lo intentaría una vez más. Cuarenta días y cuarenta noches estuvo frente a la presencia divina, y al reencontrarse con su gente, no podían mirarlo de frente. No era por vergüenza. Se debía a que su rostro irradiaba una luz enceguecedora, quizá la que produce el contacto directo con lo trascendente.

El texto dice que Moisés mismo no sabía que resplandecía (en hebreo, “karan or”). “Or” es “luz”. Y la raíz “K.R.N” significa “resplandor, emanación, rayo” pero como también es la base de la palabra que significa “cuerno” (nótense los sonidos idénticos de esas tres consonantes en castellano), parece que en el siglo IV cuando San Jerónimo tradujo la Biblia del hebreo y el griego al latín, optó por ese erróneo sentido, y así le llegó, entre tantos, al genio de Miguel Ángel.

¡Pobre Moisés! Un error de traducción lo dejó un poquito cornudo… No hay ninguna duda acerca del yerro de San Jerónimo, porque en los versículos siguientes la Torá afirma que se colocaba una especie de “barbijo” o “velo” cuando conversaba con el pueblo, y que se lo quitaba cuando su interlocutor era el Creador.

Paradojas de la existencia: hoy también pareciera ser que, gracias a la pandemia, los que tienden a ser los más iluminados son los que no dudan en usar barbijo y en respetar las directivas sanitarias de aislamiento o de distanciamiento social.

A su vez, lamentablemente, hay quienes incumplen estos nuevos mandamientos poniéndose en riesgo a sí mismos y poniendo en riesgo a los demás, quizá sin darse cuenta de que esa conducta también puede contribuir a que tengan un encuentro cara a cara (ya sin barbijo) con el Eterno, pero ninguno más con sus seres queridos.

A casi cinco meses de una cuarentena que se nos hace eterna, podemos reconocer que algunas máscaras revelan mucho más de lo que ocultan.

Rabino Marcelo Polakoff

Fuente: La Voz del Interior

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