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Una rebelión en la granja

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Compartimos el artículo publicado por nuestro rabino Marcelo Polakoff en la edición del 30 de julio de 2019 del períodico «La Voz del Interior»

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Confieso que fui vegetariano por unos pocos años. Y reconozco que lo hice en solidaridad con una novia de mi adolescencia. Se ve que el amor casi todo lo puede, pero evidentemente –al menos conmigo– la carne pudo más.

Después de haber estado prácticamente llorando cada vez que veía pasar una milanesa a menos de dos metros a la redonda, o de estar al borde del suicidio cuando participaba en un asado y debía conformarme con una elegantísima brochette de vegetales, me di por vencido.

No niego que los argumentos de los vegetarianos tengan sus justificativos éticos.

Supongo que los veganos (un término obviamente inexistente durante mi juventud) también cuentan con un importante asidero.

De hecho, el texto de la Torá nos anuncia que en el mítico paraíso Adán y Eva consumían solamente vegetales. Aunque es cierto a la vez que semejante –y en principio bondadoso– menú no evitó que Caín asesinara a su hermano Abel.

La permisión de la carne como alimento aparece en la Biblia con la historia de Noé, quien junto a sus hijos da un nuevo comienzo a la humanidad después del diluvio universal, cuando el Creador les avisa que la carne será una opción válida a la hora del almuerzo (o de la cena, como gusten).

Sin embargo se les prohíbe la ingesta de la sangre, símbolo de lo vital.

La tradición judía seguirá en términos generales por estos carriles, con el vegetarianismo como una elección posible, y al mismo tiempo diseñando a lo largo de los siglos un sistema de alimentación llamado “kasher” (o “kosher”), que incluye unos cuantos límites a la hora de decidir qué animales comer y cuáles no, el modo de tomar su vida (siempre buscando el menor sufrimiento posible para dichos seres vivos) y la sacralidad que debe rodear a todo lo atinente a la comida.

A la luz de lo ocurrido en la Rural de Buenos Aires, donde de manera coercitiva se intentó defender la dieta vegana, vale la pena considerar cómo y de qué nos alimentamos y, a la vez, promover los derechos para que cada quien siga su propio régimen en función de sus ideas (y su panza), sin que nadie –a la fuerza– le imponga su pensamiento.

A lo sumo que nos convenzan con un cabrito o con una ensalada de por medio.

Por: Marcelo Polakoff

Fuente original:
La Voz del Interior: Una rebelión en la granja

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