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Amores quebrantados

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Comentario de Parashat Vaierá, por el rabino Marcelo Polakoff, de la Kehilá de Córdoba, Argentina

Lo asumo con franqueza: es una historia que no deja de irritarme.

Es como si quisiera enamorarme de la predisposición de Abraham a honrar la voluntad divina, pero el costo de casi sacrificar a su propio hijo me resulta absolutamente intolerable.

Y es evidente que ése es uno de los nudos dilemáticos del capítulo 22 del Sefer Bereshit, del libro del Génesis, que nos relata con un realismo supino a lo largo de esta porción semanal de la Torá el famoso (y mal llamado) “sacrificio de Isaac”.
Sucede que el nombre tradicional hebreo de este episodio bíblico es “Akeidat Itzjak”, y aún cuando se suela traducir como “el sacrificio de Itzjak”, en verdad significa “la atadura de Itzjak”, pues por supuesto que fue atado por su padre, pero de ningún modo sacrificado.

Ahora bien, podríamos arguir de entrada que sin dudas el resultado final de esta “prueba” es auspicioso, pues nadie muere (salvo el carnero) y en alguna medida también es dable el leer en esta narración una forma de combate textual -y valorativo- del pueblo judío en ciernes en contra de las costumbres paganas e idolátricas de ofrendar violentamente a los niños para los horrendos banquetes de sus dioses.

Pero aún así hay datos que no dejan de sorprenderme.
El primero de ellos, tal vez, es el hecho -para nada casual- de que no encontremos después de esta historia, a lo largo de toda la Torá, ningún atisbo de diálogo entre padre e hijo, entre Abraham e Itzjak. Sólo se reencontrarán (menuda manera de decirlo…) en el entierro de Abraham, donde Itzjak también volverá a reunirse con su hermano Ishmael.

Este dato no menor da cuenta de un quiebre esencial, pues donde había conversación y un repetido “vaielju shneihem iajdav”, un repetido “y los dos caminaban juntos”, pareciera ser que ahora hay más que distancia, hay silencio, hay heridas.

Gracias a una lúcida lectura del rabino David Hoffman, del Jewish Theological Seminary de Nueva York, aprendí a descubrir que el propio texto da cuenta de dicha pérdida de contacto, y de manera casi extrema.

Cuando el Creador le pide a Abraham semejante prueba, le dice literalmente “toma por favor a tu hijo, a tu único, al que amas, a Itzjak…” (Génesis 22:2). Y una vez que Abraham acepta la orden, se levanta muy temprano, ensilla su burro, toma a sus dos sirvientes y a su hijo, se encamina por tres días a destino, construye el altar, prepara la leña, lo ata, y eleva el cuchillo para sacrificarlo, la voz del ángel divino lo detiene ordenándole que no haga nada ya que “no me has negado a tu hijo, a tu único” (22:12), para repetirlo literalmente unos versículos después de que el carnero es degollado en lugar de Itzjak (22:16) recibiendo la bendición divina “pues no me negaste a tu hijo, a tu único”.

¿Dónde quedó una porción de la primera orden divina cuando le encomendaba esta terrible misión diciéndole que ofrendara “a tu hijo, a tu único, al que amas, a Itzjak…”? O sea, ¿dónde quedó la parte que decía “el que amas”? La ausencia de las palabras “al que amas, a Itzjak” en la doble intervención divina (vía angelito) después de que Itzjak yaciera atado debajo del cuchillo elevado y amenazante de su propio padre es la evidencia más brutal de que en cierto modo, hubo allí un sacrificio.

Me animaría a afirmar (con cuidado y respeto a la vez) que Dios le prueba a Abraham que realmente no ama a su hijo, áun cuando sí ame a Dios. Porque quien esté dispuesto a tomar la vida de su propia simiente (o de cualquier otro ser que yazca atado e indefenso)  bajo el pretexto de estar escuchando y obedeciendo una voz celestial que lo invita a ello, definitivamente está abandonando la senda del amor.

Abraham nunca más vió a ninguno de sus hijos. Nosotros, como parte de su estirpe, debiéramos reforzar cada vez más la “atadura de Itzjak”, uniendo siempre la voz divina a la vida, alejándola lo más posible de la violencia.

Amar a Dios sin amar al prójimo es -al menos desde el capítulo 22 de Bereshit-una forma más de no pasar la prueba.

*Dedico estas palabras a la memoria de otro Itzjak, Itzjak Rabin (z´l), en su Iortzait número 21, asesinado por quien (y quienes) están demasiado seguros de saber escuchar la voz de Dios.


¡Shabat Shalom!
Rabino Marcelo Polakoff
Kehilá de Córdoba, Argentina

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