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Rabi Akiva en NYC. Por el Rab. Marcelo Polakoff.

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Fue mas bien en las afueras de la gran manzana, precisamente en el centro de New Rochelle. Ahí me pareció percibirlo. Cuando? Este último lunes y martes. Rabi Akiva indudablemente rondaba por allí, espiándolo todo casi sin ser visto.

Su aparición tenía mucho sentido: era Lag Baomer y por ende también se conmemoraba que se había detenido la plaga que azotó a sus 24.000 alumnos.

Los sabios del Talmud -como siempre- le dieron una vuelta fascinante al sentido de semejante castigo divino. Postularon que el motivo central del desastre estaba vinculado a la falta de respeto de los unos por los otros, y a que sus acalorados debates escondían en el fondo una base de soberbia, de envidia y de competencias egoístas.

Casi dos milenios después de aquellos hechos 25 rabinos de la Rabbinical Assembly, que agrupa a casi 2000 colegas alrededor del globo, nos reunimos durante dos intensos días de trabajo en un comité muy curioso, el «CJLS».

El Comité de Leyes Judías y Estándares es el que fija la halajá para el movimiento Masortí, y lo hace fundamentalmente a través de «teshuvot» (responsas rabínicas) que son escritas y estudiadas -a veces por años- para luego aprobarse o no durante dos encuentros anuales.

Me tocó por primera vez participar de esta reunión representando a los 120 rabinos de América Latina y seguiré como miembro del comité por los próximos tres años.

Tuve que estudiar previamente las 16 responsas que se trataron, cuyo abanico temático era amplísimo ya que iban desde la posibilidad del uso de tefilín de cuero sintético hasta modelos de ketubá para personas del mismo sexo, pasando por preguntas acerca de costumbres distintas en torno a la kriá (el rasgado de las vestiduras en el duelo), la venta del jametz, la participación de familiares no judíos en las ceremonias rituales judaicas, y la paternidad de bebés concebidos en laboratorios a partir de los últimos avances científicos.

Algunas de ellas se votaron, otras llegaron a su primera lectura, y otras a una segunda y tercera vuelta para seguir incluyendo nuevas y diferentes visiones de los 25 rabinos que conformamos el comité.

La experiencia me resultó maravillosa y agradezco la confianza que me brindó la mesa ejecutiva de la Asamblea Rabínica Latinoamericana para poder ocupar ese asiento.

No tuve una participación muy relevante en los debates pues era el único «nuevito» y entonces prioricé la escucha y el aprendizaje. Y ahí fue donde me encontré con Rabi Akiva.

En cierta forma lo dije al final del encuentro cuando pedí la palabra para lo que denominé «un minuto de gratitud». Por qué? Porque fui testigo de primera mano de un grupo de rabinos de distintos backgrounds, con opiniones a veces muy contrapuestas, y con experiencias vitales y comunitarias muy diversas, que intentaban por todos los medios tomar las mejores decisiones para cada teshuvá.
Que con un profundo respeto por las palabras y los argumentos de sus prójimos disentían o acordaban con pasión y con sabiduría. Que dejaban de lado sus cargos, sus historias, sus títulos y sus medallas para embarcarse en una aventura de crecimiento espiritual compartido que sin dudas tendría incidencia en miles de familias de miles de comunidades judías desparramadas por todo el planeta.

Ahí fue, en ese preciso momento, cuando detrás de una mesa pequeña, entre fotocopias, notebooks, tefilín y café, se me presentó la imagen de Rabi Akiva.

Fue tan fugaz como vívida. Veía su rostro plenamente iluminado con una sonrisa calma y pacífica, como si a través ella estuviera asintiendo a todo lo dicho y hecho. Como si hubiera confirmado que sí, que ése era el camino que sus alumnos deberían haber seguido.

Terminé mi minuto agradeciendo a todos en general y a cada uno de los 24 rabinos en particular, porque -a diferencia de aquellos 24 mil alumnos- aquí sí se respiraba fuerte (muy fuerte) uno de los conceptos más bellos de la tradición de nuestro pueblo, el de la «majloket leshem shamaim», el de «los debates en aras del cielo». Esos que valen la pena, los que nos hacen más humanos y mejores judíos.

Me volví a Córdoba de inmediato, y en el avión -desde lo alto-, me dio la sensación de que el espíritu de Rabi Avika seguía revoloteando por las afueras de Nueva York.

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