Este domingo 31 de mayo no fue una fecha cualquiera para la comunidad del Gan de la escuela Israelita de Córdoba: las puertas de la institución se abrieron de par en par para celebrar el Día de la Familia.
Pero esta vez hubo una propuesta mágica, que fue invitar a las mamás, los papás, los abuelos y los hermanos a convertirse, por unas horas, en alumnos del Gan.
Podés revivir la jornada con estas fotos maravillosas:
Fue una experiencia inmersiva emocionante que permitió a los presentes viajar en el tiempo y conectar desde el juego, la simpleza y el amor que se respira día a día en las kitot.
Un viaje en el tiempo por los pasillos de la historia
Desde las 10 de la mañana, la emoción empezó a sentirse en el aire. El ingreso a la primaria se transformó en un túnel del tiempo gracias a los paneles preparados en el marco de los 75 años de la escuela y los 110 años del Centro Unión Israelita.
“Caminar por ese pasillo fue un viaje directo al corazón de nuestra historia”, comentaron.
Las familias recorrieron con nostalgia y alegría los paneles colmados de fotos de todos los tiempos: desde los rostros de los niños y morín que hoy llenan de vida las aulas, hasta imágenes entrañables de egresados de hace muchas décadas.
La sorpresa y las sonrisas se multiplicaron al ver la exhibición de los diferentes uniformes, mochilas y los clásicos mantelitos que tanto las morot como los alumnos usaron a lo largo de los años.
Una iniciación con risas, muy especial
La jornada se inició formalmente con las palabras de bienvenida de la directora, Eva Apfelbaum, quien propuso un desafío inmediatamente aceptado por todos: jugar a ser chicos otra vez.
Así comenzó una mañana perfecta en el Gan, muy parecida a las que habitualmente se viven en las kitot. El primer momento fue la tradicional «iniciación».
“Nos saludamos, cantamos con entusiasmo y subimos las tres banderitas”, recordaron.
Seguidamente, llegó uno de los momentos más divertidos: el simulacro de ensayo para el acto del 25 de mayo. Rompiendo todas las estructuras, varios adultos del público fueron elegidos para transformarse en actores.
Vestidos con trajes espectaculares hechos totalmente con materiales reciclados, los familiares fueron talmidim del Gan e interpretaron a una dama antigua, un granadero, un vendedor de velas y una vendedora de empanadas y el cabildo, quienes recitaron pregones del tiempo colonial. Hubo aplausos de todos los presentes.
El salón transformado en una gran salita de jardín
Al ingresar al salón, la magia fue total. El espacio se convirtió en una gigantesca sala de jardín, con mesas y sillas dispuestas para el encuentro. Las familias lucieron sus accesorios turquesas que identifican al Gan y con sus mochilas con plato, vasito, mantel y merienda.
Como en toda jornada del Gan, no faltó la actividad plástica. Todos decoraron con dedicación un souvenir de madera con la palabra en hebreo Mishpajá (familia), que incluía un brochecito ideal para colgar un hermoso retrato familiar en casa.
En medio de la pintura, vivimos esos «emergentes» tan típicos del jardín: un adulto del público fue elegido para representar a un niño que tiene fiebre, recreando el llamado a emergencias y la atención médica.
Luego, llegó la hora de compartir la merienda y recrear un festejo imaginario de “cumpleaños sorpresa” de uno de los alumnos con torta incluida.
Hacia el final, tras las palabras de cierre, todos disfrutaron de la narración en vivo de un cuento, cuyas figuras fueron cobrando vida en el escenario de la mano de todos los morim, a partir de cajas de cartón.
La despedida fue idéntica a la salida diaria: nombrando a cada familia por micrófono para retirarse a través de un emotivo pasillo de honor formado por todos los morim.
“Nos volvimos a casa con el corazón lleno, sabiendo que el Gan no es solo un lugar, sino un hogar que se lleva siempre en el alma”, expresó una de las familias asistente.

















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